domingo, 15 de noviembre de 2015

Final alternativo para: Carta de una desconocida.

Al acabar de leer la carta esta se le resbaló de las manos, le sudaban, su cuerpo entero estaba bañado en un desagradable sudor helado. Sintió que toda la habitación en la que se encontraba empezaba a dar vueltas y su cabeza no cesaba de reproducir recuerdos confusos de aquella mujer que vivió para él sin él saberlo. De pronto los oídos dejaron de funcionarle, no oyó a su mayordomo entrar a toda prisa para socorrerlo, no oyó más tarde a los médicos intentando hacerle reaccionar… tan solo oía la suave voz de la autora de la carta la cual repetía “te quiero” una y otra vez. Bajo la molesta luz del hospital su siempre seductora mirada se apagó y sus ojos se cerraron, y al contrario de lo que su epitafio mandaba, el no descansó en paz.

 Allí donde se encontraba era un lugar tan taciturno y tranquilo como terrible,  un espacio igual de vacío que lleno,  a la vez oscuro y luminoso, era un sitio completamente inexplicable. Naturalmente él no sabía dónde estaba ni como situarse, podía avanzar pero sintiendo que no avanzaba nada realmente pues nada se movía a su paso, pero eso no le preocupaba y ya se había acostumbrado a ese feroz frío que le hacía permanecer totalmente inmóvil, aunque podía moverse si lo deseaba al igual que cuando en un sueño corremos, sentimos, saltamos, etc. mientras que realmente estamos quietos en la cama, durmiendo. Sí, podría definirse a la muerte como un sueño, un extraño y eterno sueño.
El tiempo allí era inmedible por lo tanto no sabría decir cuánto tiempo transcurrió antes de que se le apareciera delante de él una dulce niña que le miraba con los ojos repletos de ilusión, él sintió una inmensa ternura y decidió alargar su mano para acariciar la cara de su admiradora, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca ella se esfumó, como desaparecía el humo de los cigarrillos que él solía fumar en vida, a continuación, divisó a lo lejos una bonita silueta de una bella joven, por la que se sintió terriblemente atraído, veía como se acercaba nerviosa e impaciente y comenzó a correr hacia ella, pero por más que lo intentaba no lograba alcanzarla, finalmente desistió exhausto y la chica se evaporó. Él se dejó caer agotado y entonces notó como unas finas manos de mujer le acariciaban, disfrutó de aquella sensación que le resultó deliciosa durante un momento, después quiso ver el rostro de la dueña de esas caricias y le pareció un rostro tan delicado y encantador que no pudo reprimir las ganas de besarle, más cuando sus labios casi rozaban los suyos ella se convirtió en polvo. Todo aquello era muy inquietante y frustrante. De pronto el señor R era diminuto y se encontraba en un escritorio de madera donde una débil, triste y preciosa mujer escribía temblorosa, él se acerco al papel y pudo leer “Nuestro hijo murió ayer, y tú no le has conocido nunca” entonces, intranquilo echó un vistazo a la cama que había allí al lado, donde un niño que compartía sus rasgos yacía muerto. Ahora todo volvió a desaparecer y de nuevo el señor R. se encontraba en el vacío. Todas estas imágenes se repetían continuamente, la niña, la joven, la sensual mujer y la quebrada madre con su hijo muerto, quienes eran ahora para el novelista, dos perfectos desconocidos a los que sentía conocer muy bien.


 Ese bucle no paró jamás y se convirtió en una tortura,  el señor R. comprendió el sufrimiento de la mujer que había escrito la carta, pues ahora era el mismo el que sufría el querer tener a alguien y no poder, pues cuando casi parecía tener a su hijo y a la perfecta desconocida que por fin reconocía, estos desaparecían.

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